Maximo Caminero E-mail

Fugitivo de conciencia



POR AMABLE LÓPEZ MELÉNDEZ
MIAMI, FL. Artista, periodista, gestor y crítico cultural. Atento,  silencioso, discreto observador y jubiloso celebrante de  la vida, la verdad, el arte, el amor, la libertad, las  maravillas de lo real y los mundos enigmáticos de la ficción. En las mismas paredes de su taller y en algunos  títulos de sus pinturas recientes “graffitea” ardientemente su poética:

“Jaragua no cae”, “No te entregues corazón libre”,  “Si hay un dolor yo no lo escucho”, “Confía en los que buscan la verdad, cuídate de los que la han encontrado” y “La angustia es el precio de ser uno mismo”.  Entonces, como sabe su signo- la prueba para la cual ya esta preparado-, en el “muro esencial” de su taller graba “a puño y letra” y con cuerpo y alma, las palabras reveladoras del poeta rebelde: “El alma es el color. El alma ha de quemar para que la mano pinte bien”. José Marti-

Máximo Caminero nace en Santo Domingo, Republica Dominicana el 7 de septiembre del año 1962. Su obra pictórica se ha exhibido intensamente en galerías, museos e instituciones culturales de la Republica Dominicana, Ecuador, Puerto Rico, Nicaragua, Panamá, Guatemala, Canadá y los Estados Unidos, especialmente en la ciudad de Miami, donde reside, trabaja y expone  desde hace dos décadas.

Durante varias sesiones en su taller de Miami Beach, dialogamos sobre estas dos últimas décadas fugitivas en la que define un universo visual particular y una producción pictórica cuya contextualización y valoración se tornan inminentes. De entrada, le hablo de la constante de la fuga en la psicohistoria del Caribe. Le digo que su fuga no es diáspora ni exilio. No es política ni economía. Es fuga mística y poética. Él acepta y reconoce de una vez  sus razones espirituales.  Entonces, estamos frente  un fugitivo de conciencia. Pero, por que? Y contra quien es la fuga de Máximo Caminero?

“Yo me fui por el síndrome de Colón que define a los dominicanos”. Por las limitaciones y contra el provincianismo que carcomen la media isla. Por esa  percepción, por esa certeza que tenemos los dominicanos de que allá afuera, más allá de las islas, hay una mejor  vida, grandes riquezas, mucho oro  y “otros”  grandes sueños. Somos la media isla, ni siquiera una entera, de buscadores de  ilusiones y es la salida y la entrada,  la partida y el retorno, el fluir de aquellos a  quienes “le ha ido bien” lo que incita a nuestra  gente a migrar”.

Para Máximo Caminero la fuga consciente y la fuga de conciencia son elementos identitarios a la hora de hablar sobre una dominicanidad que en su práctica creativa y en su propia obra se proyecta  y la cual tan dignamente ha debido representar en otras tierras con los  toques de la gracia, la  efectividad y la discreción.

“A nosotros nos caracteriza la duda. El dominicano no cree en nada. O más bien, cree en todo.  Si en un dado momento llega a creer en algo, al siguiente instante no sabe nada y lo pone todo en duda y ese dudar siempre lo alimenta”, lo incita y lo excita hacia la realización de “futuro incierto” en las grandes ciudades, hacia la espera y hacia la esperanza”.

En este 2007, Caminero celebra también sus dos décadas de trayectoria profesional. Como parte de esta celebración, se propone exponer nuevamente su obra en su tierra natal, pues aunque su esta es bastante apreciada fuera de su  país, es en la Republica Dominicana donde él desea mostrar su evolución y confrontarla especialmente. Y yo creo que este interés especial tiene que ver con su sentido de la tierra, con la nostalgia revitalizadora que lo sobrecoge cuando hace conciencia de su inevitable condición de ardiente “masoquista” y prófugo iluminado.

“El fugitivo masoquista es el que sabe que no quiere ser “diáspora”. El viajero que no quiere “quedarse”, sino regresar y volver a fugarse. Esto es un juego de ir y volver. Jugamos por el día y por la noche también. El del dominicano migrante o fugitivo es el juego eterno del Ser y del creador. El creador se aleja de su obra. Debe hacerlo para olvidarla. Si no la olvida, primero se repite, luego se arrepiente y entonces se vuelve aburrido”.

Avalada por curadores, críticos, publicaciones, colecciones y casas de subastas de gran prestigio, en la obra pictórica de Máximo Caminero se tornan perceptibles el ritmo, la cadencia energética y el  signo ancestral del Caribe en una visión definitivamente personal, abiertamente lúdica y poética de la polisíntesis transmutadora que marca la producción simbólica latinoamericana de la actualidad. Algunos de sus cambios o etapas creativas han sido fugaces, como la etapa paisajista y retratista, mientras que otros se extienden por años, tales como sus características etapas basadas en los juegos, combinaciones y síntesis de formas geométricas, signos ancestrales amerindios y de la gramática automática del expresionismo abstracto norteamericano.

“El creador que se queda en un solo lenguaje no puede mostrar su obra como algo nuevo. El artista tiene que tirar el lenguaje usado a la basura”.  Esta declaración no es una pose en el caso de Máximo Caminero, pues en su producción de las últimas dos décadas se patentizan  sus angustias, sus búsquedas y transformaciones expresivas. En este trayecto, él ha exprimido su lenguaje. Lo ha  explotado y transformado hasta un grado en el que podemos descifrar en su pintura la excitante espectrología  que nos revelan sus pasiones, su mundo íntimo, la profundidad de su pensamiento, su sensibilidad y la misma vastedad de su imaginación, de sus sueños y sus devastaciones ontológicas.